Un soplo de luz: Analía Pascaner - Gustavo Vaca Narvaja

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Un soplo de luz
Texto original

....................................Para K B, siempre pegada a mi corazón

La supremacía del leopardo la sorprendió sobre una de las ramas bajas del roble. Sus ojos verdes destilaban odio y sus gruñidos abundaban en reproches. De un zarpazo la derribó y jugueteó con ella, arrancó algunas de sus plumas y prosiguió ultrajándola. Sus punzantes garras se ahondaron una y otra vez en su corazón. La calandria se derrumbó y sangró. La arrogancia del leopardo la destrozó y desparramó esos pedazos a su alrededor sin compasión. Luego colocó su pata encima del menudo pecho blanquecino, mientras clavaba todas sus dagas en aquél que suponía su oponente. Y cuando creyó acabada su tarea, el felino se marchó arrojándole sus propias culpas y miserias. La calandria permaneció unos instantes en el suelo y, con extremada suavidad y admirable compostura, desplegó sus maltratadas alas mientras ocurría la transformación.
Una mujer de mediana edad recogía los trozos de su integridad, esparcidos por doquier. Una mujer que en esa contienda inútil llorara aunque ni una sola lágrima humedeciera sus ojos, y gritara aunque ni un solo sonido traspasara el límite de sus labios. Un profundo dolor abatía su alma. Se inclinó y descansó todo el peso de su maltrecho cuerpo sobre sus manos temblorosas, aferradas al borde de una mesa como a la vida misma. En ese momento, profusos lagrimones empaparon su rostro impidiéndole poseer una clara visión, sin embargo logró distinguir una luminosa figura.
La contempló con cuidado: apenas sobrepasaba la altura de la mesa, los ojos relucientes clavados en sus propios ojos, penetrando hasta su alma. Las lágrimas comenzaron a diluirse mientras apreciaba su cabello claro y brillante, sus pupilas renegridas, sus pestañas casi invisibles, su menuda nariz, sus mejillas rozagantes, sus labios húmedos, su cuello redorgete, su ropa impecable, su frágil e indefenso cuerpecito, sus manitos apoyadas sobre la mesa. La imagen, borrosa hacía apenas segundos, adquirió absoluta nitidez. La luz que emanaba de ese pequeño ser colmaba la habitación.
La mujer soltó sus manos de la mesa sin apartar su mirada de los ojos de la niña. Procuró y consiguió mantener su entereza física y anímica y se arrodilló para estar frente a esa criatura que la observaba atentamente. La tomó entre sus brazos, la alzó y le pidió un abrazo de ésos que sólo ellas dos saben darse. Se abrazaron durante un tiempo que resultó infinito, placentero, cálido, puro. Los brazos de la mujer rodearon por completo esa espalda pequeña y la estrechó con la fuerza del cariño, con el poder de la comprensión, con el deseo de recibir su desinteresado amor. La mejilla de la pequeña pegada a la suya, las delicadas manitos reposando en su nuca, la respiración inocente y agitada tranquilizándola poco a poco. Esos dos corazones palpitaban a un mismo ritmo de entendimiento y ternura, un ritmo de urgencia y necesidad mutua de detener todos los relojes y permanecer unidas para siempre.
La mujer se agachó lentamente, depositó con delicadeza a la niña sobre el suelo y volviendo a esos ojitos curiosos y brillantes, expresó con voz tranquila:
-Todo está bien, mi amor, creeme que todo está bien, si?
La pequeña asintió mientras su mirada se hundía en el alma malherida de la mujer, y ésta continuó hablando:
-Ahora andá que te esperan para salir de paseo. Todo va a estar bien. Siempre todo estará bien.
El beso húmedo y espontáneo reconfortó a la mujer de rostro salado y ojos melancólicos. Le dio una palmadita en la cola para animarla a marcharse y se incorporó.
Sus ojos se humedecieron cuando la pequeña se dio vuelta, ya cerca de la puerta, y le regaló una sonrisa repleta de redondos dientes de leche mientras balbuceaba un saludo.
La mujer guardó esa sonrisa en su corazón y comprobó que jamás habría situación o persona alguna que pudieran destruir la conexión que la unía a ese imponente y poderoso ser.
Finalmente, el canto de la calandria resonó triunfal.

……………………………………………………………………Agosto 2004
©Analía Pascaner
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Gustavo Vaca Narvaja, sobre un texto de Analía Pascaner

“Me atreví a intercalar algo... porque veía eso”. Gustavo Vaca Narvaja, escritor argentino.


Un soplo de luz

.........................Para K B, siempre pegada a mi corazón




¡Es a mí a quien han herido!
Es a mí
He volado tan alto
que por alas cansadas
me hirió una bala de plata
Gvn

La supremacía del leopardo la sorprendió sobre una de las ramas bajas del roble. Sus ojos verdes destilaban odio y sus gruñidos abundaban en reproches. De un zarpazo la derribó y jugueteó con ella, arrancó algunas de sus plumas y prosiguió ultrajándola. Sus punzantes garras se ahondaron una y otra vez en su corazón. La calandria se derrumbó y sangró. La arrogancia del leopardo la destrozó y desparramó esos pedazos a su alrededor sin compasión. Luego colocó su pata encima del menudo pecho blanquecino, mientras clavaba todas sus dagas en aquél que suponía su oponente. Y cuando creyó acabada su tarea, el felino se marchó arrojándole sus propias culpas y miserias. La calandria permaneció unos instantes en el suelo y, con extremada suavidad y admirable compostura, desplegó sus maltratadas alas mientras ocurría la transformación.



¡Cuántas!
¿Cuántas veces a mí me han deshecho?
Con excusas y mentiras
Convirtiendo mi vuelo en ceniza
y mi grito en silencio
Gvn

Una mujer de mediana edad recogía los trozos de su integridad, esparcidos por doquier. Una mujer que en esa contienda inútil llorara aunque ni una sola lágrima humedeciera sus ojos, y gritara aunque ni un solo sonido traspasara el límite de sus labios. Un profundo dolor abatía su alma. Se inclinó y descansó todo el peso de su maltrecho cuerpo sobre sus manos temblorosas, aferradas al borde de una mesa como a la vida misma. En ese momento, profusos lagrimones empaparon su rostro impidiéndole poseer una clara visión, sin embargo logró distinguir una luminosa figura.



Una imagen
Avasallante imagen
invade la quimera
de un destino intrépido
Belleza imbuida de vida
Gvn


La contempló con cuidado: apenas sobrepasaba la altura de la mesa, los ojos relucientes clavados en sus propios ojos, penetrando hasta su alma. Las lágrimas comenzaron a diluirse mientras apreciaba su cabello claro y brillante, sus pupilas renegridas, sus pestañas casi invisibles, su menuda nariz, sus mejillas rozagantes, sus labios húmedos, su cuello redorgete, su ropa impecable, su frágil e indefenso cuerpecito, sus manitos apoyadas sobre la mesa. La imagen, borrosa hacía apenas segundos, adquirió absoluta nitidez. La luz que emanaba de ese pequeño ser colmaba la habitación.

Y… ella brotó
de una oscuridad mansa
¿Y cómo era?
De ojos vivaces
Sonrisa contagiosa… y un
enigmático trazo…
Dibujada por Leonardo Da Vinci
Gvn


La mujer soltó sus manos de la mesa sin apartar su mirada de los ojos de la niña. Procuró y consiguió mantener su entereza física y anímica y se arrodilló para estar frente a esa criatura que la observaba atentamente. La tomó entre sus brazos, la alzó y le pidió un abrazo de ésos que sólo ellas dos saben darse. Se abrazaron durante un tiempo que resultó infinito, placentero, cálido, puro. Los brazos de la mujer rodearon por completo esa espalda pequeña y la estrechó con la fuerza del cariño, con el poder de la comprensión, con el deseo de recibir su desinteresado amor. La mejilla de la pequeña pegada a la suya, las delicadas manitos reposando en su nuca, la respiración inocente y agitada tranquilizándola poco a poco. Esos dos corazones palpitaban a un mismo ritmo de entendimiento y ternura, un ritmo de urgencia y necesidad mutua de detener todos los relojes y permanecer unidas para siempre.

¡Te ordeno!
¡Nace!
¡Nace pequeña princesa de plata!
¡Emerge sola!
Sola…
Muy sola
¡Y luego!
Besa la pantalla oscura de la noche, con
¡miles de estrellas!
¡Lluvia de pequeñas luces!
¡Luces…cientos…miles!
Gvn

La mujer se agachó lentamente, depositó con delicadeza a la niña sobre el suelo y volviendo a esos ojitos curiosos y brillantes, expresó con voz tranquila:
-Todo está bien, mi amor, creeme que todo está bien, si?
La pequeña asintió mientras su mirada se hundía en el alma malherida de la mujer, y ésta continuó hablando:
-Ahora andá que te esperan para salir de paseo. Todo va a estar bien. Siempre todo estará bien.
El beso húmedo y espontáneo reconfortó a la mujer de rostro salado y ojos melancólicos. Le dio una palmadita en la cola para animarla a marcharse y se incorporó.

Nada se puede
Después que la luna se opaca
Una brisa… tan solo una brisa
invisible
barre su historia
La tristeza del adiós sucumbe
ante la voluntad de vida
Gvn

Sus ojos se humedecieron cuando la pequeña se dio vuelta, ya cerca de la puerta, y le regaló una sonrisa repleta de redondos dientes de leche mientras balbuceaba un saludo.
La mujer guardó esa sonrisa en su corazón y comprobó que jamás habría situación o persona alguna que pudieran destruir la conexión que la unía a ese imponente y poderoso ser.
Finalmente, el canto de la calandria resonó triunfal.
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